¿Que fue el Gurrufero realmento en San Jacinto?

¿Que fue el Gurrufero realmento en San Jacinto?

Las historias son solo eso, historias. Se acomodan al criterio e imaginación de quien recibe el hecho literaria o verbalmente y al contarla le quita o añade algún pedacito y la bola sigue creciendo. La historia del verdadero Gurrufero no ha sido la excepción. Muchas personas nacidas en San Jacinto, población colombiana ubicada en Los Montes de María, famosa por su artesanía y artistas de toda índole, desconocen la verdadera historia del Gurrufero. Incluyo en esto a algunos personajes que sin haber nacido en el pueblo escriben historias de éste como si lo hubieran vivido.

Particularmente y sin ser inmodesto, creo ser hoy en día la única persona que creció en el seno del Gurrufero y por eso me tomo la libertad de reclamar la veracidad de los cuentos e historias que se tejen alrededor de este antiguo sitio. Lo hago, porque las historias tergiversadas antes de favorecer al pueblo, lo que hacen es crear a su alrededor una imagen distinta y de trágica comedia, igual que las telenovelas de Caracol y RCN que le dieron una imagen distinta a Colombia en el exterior, con hechos cinematografiados en ellos, apartados de la realidad.

Lo que les quiero contar es la pura verdad. Porque fui protagonista de esa historia y la viví en carne y hueso. No me la contaron, no me baso en leyendas ni en historias contadas ni le he preguntado a nadie sobre los hechos que allí se dieron. Les agradezco que pongan mucha atención y no se dejen engañar. Posiblemente en algunos años más, ya no esté yo en este mundo y llegarán los busca plata con cuentos falsos a intentar cambiar la historia del pueblo.

Corrían los años 50 cuando llegué a este mundo en el barrio de abajo de este bello pueblo. Nací en una casa humilde ubicada al frente de la antigua fábrica de hielo. A mis dos años ya empezaba a darme cuenta de lo que sucedía a mi alrededor y veía camiones gigantes entrar y salir de esa fábrica. Después me enteré que transportaban hielo en bloques y mantequilla en latas y que uno de sus dueños se llamaba Miguel Pacheco y el otro de apellido Matera. Lentamente fui conociendo a mi familia y conté entre ellos a Miguel Buelvas Gamarra, Luisa Buelvas Gamarra, Pedro Morales Villegas, Carlos Morales Villegas, todos ellos hermanos de mi madre Marquesa Buelvas Villegas y por ende mis tíos. Crecí con ellos y con sus hijos. Miguel, era el mejor carpintero del pueblo ya había sido alcalde del mismo. Los Morales, trabajando con Miguel Pacheco y mi tía en su hogar.

Al continuar mi crecimiento, con los años me di cuenta como estaban ubicados en su trabajo cada uno de ellos. Carlos era una especie de gerente de la producción de mantequilla y de la fabrica de hielo y Pedro (Pello Morales) era el administrador del Gurrufero. Hoy en dio esos dos sitios no existen y mis tíos tampoco. Por eso digo arriba que puedo ser el único sobreviviente de esta historia verdadera del Gurrufero.

A la edad de 8 a 9 años, mi tío pedro me matriculó en el Instituto Rodríguez a cambio de recibir mi ayuda en la limpieza del Gurrufero y en mis ratos libres cuidarlo y poner las bolas de jugar en las mesas de billar. Yo era el coime del Gurrufero.

Si, así como lo lees. El Gurrufero no era un salón de baile, era un pequeño local donde habían dos mesas de billar de carambolas y una Buchaca. Estaba ubicado en la segunda esquina subiendo desde la plaza principal, hoy parque, desde el teatro Santa Isabel, yendo hacia el Biscocho. En esas cuatro esquinas se tejió cual hermosa hamaca de lampazos la verdadera historia del Gurrufero.

En la esquina izquierda (ubícate subiendo) había una tienda de víveres atendida por la señora Berta Bojato, esposa de mi tío Pello. En la de la derecha estaba la piladora de maíz y oficinas de Miguel Pacheco (Padre de Adolfo). Diagonal estaba la carpintería de mi tío Miguel Buelvas y en la otra el Gurrufero. Era una casa amplia sin paredes interiores que formaba un salón ocupado por tres mesas de jugar billar, controlados por relojes manuales y con un administrador que era mi tío y un coime que era yo. Al fondo tres mesas con sillas metálicas donde jugaban dominó y cartas y un pequeño espacio de 3X3 que servía para bailar ocasionalmente, cuando por la noche frecuentaban mujeres que no conocí por mi corta edad y mis estudios. La música provenía de un “Traganíquel” o “Rockola” que para la época eran novedosas. Como pueden analizar allí no cabía una orquesta, ni una banda musical, ni un conjunto de acordeones.

Creo que la confusión está en que había un salón de baile que también era de Miguel Pacheco, cuyo nombre era San Adres y donde sí se presentaban agrupaciones musicales, mas que todo en la época de las fiestas patronales del 16 de agosto. Ese salón quedaba en la calle del cementerio. Allí Miguel Pacheco traía conjuntos, bandas, orquestas y la gente se divertía gratis. No pagaban entrada. Era como una especie de agradecimiento al santo patrono por los beneficios que le daba al viejo. De allí aquel verso de la canción de Adolfo “Adiós San Andrés tu animador te abandona, adiós 16 de agosto adiós alegría” en este mismo verso dice “Luis Felipe, Roge, El Yoli y Pello a mi me emociona, al tener que darles ahora mi más triste despedida”. Estos eran los amigos mas cercanos que tenia el viejo Miguel y ese Pello, no era otro mas que mi tío Pedro Morales, administrador del Gurrufero. Por esto cualquier historia que se teja alrededor del Gurrufero y no mencione a Pello Morales, es una historia incompleta o falsa.

En esos años mi tío no había tenido a sus hijos varones. Había nacido Rosalba y por eso necesitaba a alguien que le ayudara en el Gurrufero. Además, el viejo Miguel lo ocupaba mucho en otras de sus propiedades y había días que no podía estar en el los billares.

El Gurrufero nunca tuvo un aviso. El pueblo lo conocía solo por referencia y porque era el único sitio en ese entonces, donde los hombres iban a divertirse sanamente y a tomarse una cerveza sin problemas. No recuerdo que en el Gurrufero se haya formado nunca un tropel. San Jacinto era un pueblo tranquilo, conservador de costumbres ancestrales, donde las mujeres no podían asistir a esos sitios y las que lo hacían eran de mala reputación o miradas de esa manera.

Esta es la verdadera historia del Gurrufero, que no fue un salón de baile como algunos lo califican, sino un salón de billares donde se tomaba cerveza y se jugaba dominó, donde salieron los mejores billaristas del pueblo y donde yo aprendí a “tacar”.

Cuando me fui a estudiar a Cartagena, un año después se fue el viejo Miguel para Barranquilla, despojado de su fortuna por culpa de los juegos de azahar de los casinos de Cartagena. Mi tío compró las mesas de billar y las colocó a una cuadra de allí, en El Bizcocho. Allí perduraron hasta unos años después de su muerte, cuando sus hijos lo administraron hasta el cansancio.

Espero que con esto, no se dejen llenar la cabeza de cuentos e historias sin sentido de personas que por cualquier motivo pretenden cambiar la verdadera historia de nuestro pueblo.

¿QUE ME ACUERDO DEL VIEJO MIGUEL?

Lo recuerdo y lo retrato en mi mente como si lo estuviera viendo. Primero tengo que decir que era una extraordinaria persona. Servicial, amigo, amable y muy risueño. Su gran placer era untarse de pueblo, como se dice popularmente. Era de estatura mediana, no tan alto, pero tampoco pequeño. Corpulento con barriga prominente y siempre un tabaco en su mano. Le gustaban los puros cubanos. Casi nunca cruzaba hacia el Gurrufero, por lo menos en los momentos que yo estaba durante el día. Lo conocí porque me tocaba pasar a la Piladora a llevar billetes para que dieran monedas que se utilizaban en el traganíquel o rockola. Nanci su secretaria, como buena sanjacintera me puso el apodo de “Por Monedas”, porque era así como le decía al llevar los billetes.

Al viejo le gustaba mucho servir al pueblo. Como dije traía agrupaciones musicales para que la gente se divirtiera gratis. Le hacia favores a todo el que lo necesitaba y era bondadoso con sus amigos.

No hay historias irreales, sino mal contadas. Sanjacinter@ siéntete orgulloso de las historias de tu pueblo. No permitas que la desvíen de su realidad.